LA MUERTE DEL ABUELO
Mi abuelo, que lloraba la Andalucía a la que nunca volvió, murió a los 96 años, humilde, empobrecido por la mala venta de la chacra.
Nunca lo alcanzó la justicia social. Con el dinero obtenido de su tierra, pagaba a su médico, los medicamentos, la silla de ruedas.
Estuvo postrado largo tiempo, paralizado, como consecuencia de un ataque de presión.
Yo era chica. Por las tardes de verano, lo veía esconder su mirada en la aridez de las bardas, desde la ventana de su habitación, añorando las alamedas que había hecho crecer.
Alguna lágrima supe ver en su rostro, curtido por el sol y el viento patagónico.
El diez - día de los derechos humanos - murió, a los 91 años, un tirano asesino, Pinochet.
Con millones en bancos suizos,
el abrazo de sus seres queridos,
la mejor medicina,
hospital gratuito del estado,
con la libertad que le regaló la justicia chilena,
mofándose de la sangre derramada en La Alameda.
Mi abuelo cometió algunos errores; plantó algún árbol torcido en la chacra que regó con su sudor.
Los pagó.
Sufrió su inmovilidad, su mudez.
Alguna lágrima supe ver en su rostro curtido.
Hoy, la muerte, tabla rasa, ha igualado a mi abuelo y al asesino.
Quiero creer abuelo, que si el cielo existe, estás en él
Quiero creer, que si el infierno existe, el tirano está en él.
iris
diciembre 2.006